“Texto Recuperado Anónimo”



El vampiro del edificio de enfrente era extremadamente sospechoso.

Primero: jamás abría las persianas.
Segundo: usaba tapados largos incluso en verano.
Tercero: tenía una elegancia ofensiva para alguien que compraba fideos instantáneos y jabón barato en el chino de la esquina.

Pero lo más raro era otra cosa.

Regaba plantas.

Eso desorientaba a todo el barrio.

Porque nadie confiaba en una persona tan pálida que además cuidara malvones.

La señora del 2°A decía que seguro ocultaba cadáveres.
El kiosquero sostenía que era actor.
Un repartidor juraba haberle visto colmillos.

La verdad era mucho más ridícula.

El vampiro simplemente estaba cansado.

Había vivido demasiados siglos.

Demasiadas guerras.
Demasiadas tragedias.
Demasiadas modas incomprensibles.

Sobrevivió a pestes, imperios, revoluciones y, peor aún, al nacimiento de los influencers motivacionales.

Eso último casi lo mata definitivamente.

Así que una noche decidió retirarse discretamente a un pueblo donde nadie hiciera demasiadas preguntas y donde pudiera dedicarse a actividades más nobles:

regar plantas, alimentar gatos ajenos y mirar gente desde la ventana mientras fingía acomodar cortinas.

No cazaba humanos desde hacía décadas.

Le daban acidez.

Además, desarrolló un cariño involuntario por las personas rotas.
Especialmente por las que hablaban solas frente a la computadora a las tres de la mañana.

Una noche vio luz en un departamento del edificio vecino.

Una mujer despeinada estaba rodeada de imágenes abiertas, carpetas caóticas y pestañas infinitas del navegador. Parecía discutir con el universo mientras intentaba escribir algo.

El vampiro la observó con la seriedad de quien contempla un fenómeno paranormal.

Ella suspiró.
Se agarró la cabeza.
Movió veinte imágenes de lugar.
Volvió a ponerlas donde estaban.

Después escribió una frase.

La borró.

Escribió otra.

La dejó.

El vampiro sonrió apenas.

Porque reconocía esa clase de batalla.

Los humanos creen que los monstruos viven en castillos oscuros y ataúdes antiguos.

Mentira.

Los verdaderos monstruos viven en carpetas llamadas:

“final_final_ahora_si_3”.

Y él lo sabía.

Durante semanas la observó construir collages imposibles mientras fumaba junto a la ventana abierta. A veces se reía sola. A veces parecía a punto de llorar. A veces ambas cosas al mismo tiempo.

Le tomó cariño.

Algo peligrosísimo para un vampiro.

Entonces empezó a ayudarla secretamente.

Cada madrugada, cuando ella se dormía sobre el teclado, él cruzaba silenciosamente al otro edificio convertido en niebla.

Le ordenaba apenas un poco el caos.

No demasiado.
Solo lo suficiente.

Guardaba archivos antes de que la computadora colapsara.
Cerraba pestañas inútiles.
Acomodaba imágenes perdidas.
Le dejaba títulos absurdos escritos en blocs de notas:

—“La tristeza decorativa del monstruo elegante.”
—“Manual para sobrevivir con una silla espantosa.”
—“Belleza encontrada en una carpeta equivocada.”

Ella pensaba que los había escrito medio dormida.

Y quizás sí.

Porque algunas noches, cuando el cansancio es muy grande, los pensamientos humanos se mezclan con las criaturas que los vigilan desde la oscuridad.

El vampiro nunca le habló.

No quería arruinar la magia.

Además, le aterraba enamorarse otra vez de alguien que envejeciera.

Pero algunas madrugadas, mientras regaba sus plantas bajo la luna, miraba la ventana iluminada del otro edificio y pensaba algo que jamás admitiría en voz alta:

que tal vez la eternidad solo servía para encontrar personas raras que hicieran más soportable la noche.




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